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Viñetas

Por Marcos Celesia

POLÍTICAMENTE INCORRECTO I

Las minorías étnicas siempre tuvieron mucho de qué quejarse en Hollywood, pero nunca con tanta razón como cuando, recurriendo a un maquillaje apenas creíble, se “orientalizó” a actores claramente occidentales. Dos casos notorios de la época dorada son las versiones cinematográficas de dos novelas de Pearl S. Buck: The Good Earth (La buena tierra, 1937) y Dragon Seed (La estirpe del dragón, 1944). Los estudios no concebían la idea de invertir sus dineros en crear versiones que hoy se llamarían “políticamente correctas”, con actores orientales haciendo de personajes orientales. Los actores orientales estaban relegados a papeles de reparto y no se los consideraba taquilleros.

Por lo tanto, en las dos instancias se recurrió al maquillaje. The Good Earth, dirigida por Sidney Franklin, cuenta la desgarradora historia de una campesina y su esposo, a lo largo de los años y las penurias. Los elegidos fueron dos estrellas nacidas en Austria: Luise Rainer, que por este rol le ganó el Oscar a Greta Garbo en Camille (La dama de las camelias, 1937), y Paul Muni. La película es excelente y fue filmada con todos los recursos de la MGM, pero eso no quita que los otros papeles de apoyo también hayan sido dados a occidentales: Walter Connolly, Jessie Ralph y Charles Grapewin. El oriental con un papel más importante fue el confiable Keye Luke, en el papel del hijo mayor.

Dado el éxito de la primera adapatación, en 1944 la MGM intentó repetir el éxito con Dragon Seed. En esta oportunidad la improbable heroína “oriental” fue nada más y nada menos que Katharine Hepburn. La historia giraba en torno de una aldea arrasada por la ocupación japonesa. En la foto vemos a la Hepburn con Turhan Bey, que puede llegar a parecer oriental, pero es... ¡austríaco! Pero hay que recorrer un reparto con Walter Huston, Aline McMahon, Akim Tamiroff, Hurd Hatfield, Frances Rafferty, Agnes Moorehead, Henry Travers, Robert Lewis, J. Carroll Naish, Robert Bice y Jacqueline de Witt, todos caracterizados de orientales ellos, por supuesto, para recién llegar a algún verdadero oriental en medio de semejante crisol de nacionalidades retocado con tantos kilos de maquillaje. En el Hollywood de hoy esto ya no pasaría... El gremio de actores no lo permitiría.

POLÍTICAMENTE INCORRECTO II

Cuando Laurence Olivier llegó a Hollywood en su segundo desembarque después de haber sido reemplazado por John Gilbert “a pedido” de Greta Garbo en Queen Christina (Reina Cristina, 1933), llegaba contratado por David Selznick para inmortalizar a Heathcliff en Wuthering Heights (Cumbres borrascosas, 1939). De entrada propuso a su pareja, Vivien Leigh, para que fuese su Cathy. Pero bastó que Selznick la conociese para que la convirtiese en la inmortal Scarlett O’hara de Gone With the Wind (Lo que el viento se llevó, 1939). Olivier tuvo que conformarse con Merle Oberon y una nominación para el Oscar. Pero el gran trágico británico era una hombre muy insistente. Su siguiente proyecto según su contrato con Selznick era Rebecca (Rebeca, una mujer inolvidable, 1940). Nuevamente se lanzó a la batalla. Quiso que Leigh interpretase a la joven esposa. Incluso se prestó a hacer una prueba de cámara con su amada (ver foto), pero Leigh padecía un terrible agotamiento ya que acababa de terminar de filmar su épico emprendimiento. No tenía las energías para encarar el rodaje de Rebecca  inmediatamente, y Selznick la rechazó.

Olivier no pudo con su genio ni con su furia de perderse una segunda oportunidad de filmar junto a Vivien. Cuando la afortunada elegida, la inocente Joan Fontaine, de apenas 20 años, empezó la filmación, el buen “Larry” le hizo la vida imposible. Consiguió que sus compañeros británicos de Rebecca, George Sanders, Judith Anderson, Nigel Bruce y Gladys Cooper, entre otros,  también le hiciesen el vacío a la desprotegida Fontaine. La novel actriz, que tenía sus metas muy claras, hizo caso omiso de los desaires constantes y de los comentarios insultantes sobre su reciente matrimonio con Brian Donlevy y se dedicó a perfeccionar sus dotes histriónicas y a congraciarse con el director, Alfred Hitchcock. Al año siguiente, el rey del suspenso la volvió a convocar para Suspicion (La sospecha, 1941), y la “advenediza” Fontaine se llevó un Oscar a su casa antes que cualquiera de sus desubicados y aristocráticos ex-compañeros.

EL SONIDO DE LA MÚSICA

La hermosa Lauren Bacall deslumbró a todo el mundo con su debut en To Have and Have Not (Tener y no tener, 1944). Sin lugar a dudas deslumbró a su futuro marido, Humphrey Bogart. Pero, cuando llegó la hora de que entonase las dos canciones que requería el argumento, la magia se habría acabado. Los productores de To Have and Have Notconsideraron que su voz distaba de elevarse a las circunstancias y decidieron que sería doblada. Lo curioso es que se anunció que la doblaría el cantante Andy Williams. La voz de Bacall era bastante grave; y no habría sido la primera vez que Williams doblaba a una mujer. Pero lo doblemente curioso es que el doblaje nunca se concretó, o por lo menos no fue usado en la película. La voz que se escucha es la de Bacall. No se sabe qué pasó exactamente, pero esa gacetilla de prensa generó una confusión que perdura hasta el presente. Si bien muchos años después Bacall ganó un Tony a la Mejor Actriz en un Musical de Broadway (“Applause”), este episodio no es muy halagüeño para la sempiterna Lauren…

Algo similar debe haber sentido Audrey Hepburn con respecto a My Fair Lady (My Fair Lady – Mi bella dama, 1964). La hermosa y talentosa actriz estaba muy conciente de que se metía en gran revuelo al aceptar el papel de Eliza Doolittle en la adaptación fílmica del exitoso musical. Jack Warner no había aceptado contratar a la creadora del rol en Broadway (Julie Andrews) bajo ningún concepto. Había cedido respecto de Rex Harrison (que jugó el papel en teatro junto a la Andrews) porque hasta Cary Grant rechazó el papel del Profesor Higgins. Por lo tanto, Audrey quería demostrar que si la elección había recaído en ella por algo era: insistió en cantar las canciones ella misma. Los productores aceptaron a medias. Le pusieron profesores de canto y le dijeron que cuando estuviese lista grabaría las canciones. Pero que ellos decidirían si se usaban o no. Por supuesto, en ningún momento tenían intención de permitírselo, y Audrey se llevó una gran desilusión cuando, a pesar de haber grabado las canciones,  convocaron a una experta en doblar a otras actrices para entonar las hermosas melodías. Se trataba de Marni Nixon, que ya había doblado a Deborah Kerr en The King and I (El rey y yo, 1956) y a Natalie Wood en West Side Story (Amor sin barreras, 1960).

Una segunda desilusión le llegó cuando no sólo no la nominaron para el Oscar (nominación que se merecía) sino que como favorita para el premio se perfilaba Julie Andrews, por Mary Poppins (Mary Poppins, 1964). Con la frente bien alta, Audrey aceptó concurrir a la ceremonia a presentar el premio al Mejor Actor, que todos apostaban iría a manos de su compañero de filmación, Rex Harrison. Las dos predicciones se complieron. En su discurso de aceptación, la Andrews muy irónicamente le agradeció a Jack Warner por no haberle dado el papel de My Fair Lady, lo que le permitió filmar no sólo Mary Poppins sino The Sound of Music (La novicia rebelde, 1965). Y el pobre Rex Harrison, desgarrado en su lealtad, como buen caballero inglés salió más que airoso cuando, muy emocionado, después de haber recibido el premio de manos de Audrey, dijo: “Creo que este premio le pertenece a... bueno... a mis dos bellas damas”. Audrey sonrió. Julie sonrió. Y todo quedó perdonado.

Incluso Julie no le guardó ningún rencor a Marni Nixon. Cuando filmó The Sound of Music, Marni personificaba a una de las monjas. Pero ya había sido contratada para doblar a Audrey y cantaría para el cine las canciones que Julie inmortalizó en Broadway. Todo el personal de Sound estaba expectante del temido encuentro (o enfrentamiento). Pero cuando se vieron por primera vez, Julie la saludó cálidamente y le dijo que siempre la había admirado. Por si quedaba alguna duda de que Julie pudiese haber actuado con falsedad, un día se enteró por un miembro del personal que Marni estaba nerviosa especialmente por una de las canciones de My Fair Lady, a la cual no le encontraba la vuelta. Julie la invitó a su camerino y la ayudó a resolver sus dudas. Marni no podía creer tanta entrega desinteresada. “Estábamos en su camerino y ELLA me ensañaba a mí, en su ropa interior, mientras se cambiaba para la próxima toma!”. Generosidad como pocas.

 

FABIÁN CEPEDA (1966-2011)
Co-Director y Co-Autor de HollywoodClasico
Extraordinario investigador y autor, gran amigo y maravillosa persona
Nunca será olvidado por quienes nos cruzamos en su vida


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