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Gone with the Wind (1939)

Por Marcos Celesia

Un problema al que se enfrentaron David O. Selznick como productor de Gone With the Wind (Lo que el viento se llevó, 1939) y Sydney Howard como guionista fue que una de las líneas finales de la novela había quedado muy marcada en la mente de los millones de lectores pero, para los estrictos códigos morales de Hollywood, no sólo era inadecuada sino que estaba prohibida.

Hacia fines de la década del 20 Hollywood había caído en desgracia por la cantidad de escándalos personales de sus estrellas y por el tono crecientemente permisivo que se iba observando en algunas películas. Todo esto generó muchas críticas de público en general, el horror de los representantes de la iglesia y amenazas de las autoridades de que se iba a empezar a aplicar un sistema de censura.

Fue así que los jefes de los estudios de Hollywood decidieron reunirse para tratar de atacar el problema por dos frentes. Por un lado decidieron crear la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, para fomentar la toma de conciencia de las bondades del cine y para premiar sus logros con la estatuilla que luego se dio en llamar Oscar. Por otro lado resolvieron “censurarse” ellos mismos, a su conveniencia, antes de que vinieran a censurarlos de afuera.

Convocaron a Will H. Hays, presidente de la Asociación Estadounidenses de Productores y Distribuidores Cinematográficos, para que creara un Código de Producción, donde se delimitase muy claramente qué se permitía y qué no en el cine. Este Código, quizás más estricto de lo que habría sido en otras circunstancias, se llamó el Código Hays, y rigió los destinos morales de Hollywood desde 1930 y por muchos años. Cada estudio tenía su propio censor que leía los guiones y se aseguraba de que se lo observase al pie de la letra. Según el Código, a manera de ejemplo, los esposos dormían siempre en camas separadas. Si tenían cama matrimonial y los dos estaban sobre ella, uno de los dos tenía que tener los pies apoyados sobre el piso (es decir, estar sentado en la cama). Ningún personaje malvado, ni prostituta, ni mujer infiel, ni insinuación de homosexualidad podían quedar sin su castigo. Y, por supuesto, el lenguaje profano estaba terminantemente prohibido.

En el final de Gone With the Wind Rhett Butler abandona a Scarlett O’Hara. Desesperada, ella le pregunta qué va a hacer si él se va. En la novela Rhett le responde en inglés: “My dear, I don’t give a damn”. El guionista Howard había agregado la palabra “Frankly” para compensar el hecho de que cambió toda la línea por “Frankly, my dear, I don’t care”. Pero David O. Selznick se empecinó con mucha razón en que la línea debía ser “Frankly, my dear, I don’t give a damn”. Si consideramos la época, en que las malas palabras fuertes no era tan comunes ni siquiera en el lenguaje diario, podríamos traducir que Howard escribió “Francamente, querida, no me importa”, pero Selznick insistía en conservar la línea como “Francamente, querida, me importa un carajo”. Se filmó la escena en dos versiones y se las presentó a la Oficina Hays.

El censor Joseph Breen la rechazó, pero Selznick apeló ante el mismísimo Hays y pagó una multa de US$ 5.000. Después de ver las dos versiones, y ante una muy vehemente defensa por escrito del verborrágico productor, Hays cedió y el público pudo deleitarse con el verdadero espíritu de esa línea. El que después lleva a Scarlett a rematar todo con la decisión de irse a Tara, para (otra línea clásica) “pensarlo bien mañana. Al fin y al cabo, mañana será otro día”... Pero el público tuvo que esperar casi 30 años para que se empezase a flexibilizar el sistema. En 1966, en Who’s Afraid of Virginia Woolf? (¿Quién le teme a Virginia Woolf?) pudo escucharse en cine por primera vez la expresión “hijo de puta”. Después de eso, nada fue lo mismo...

FABIÁN CEPEDA (1966-2011)
Co-Director y Co-Autor de HollywoodClasico
Extraordinario investigador y autor, gran amigo y maravillosa persona
Nunca será olvidado por quienes nos cruzamos en su vida


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