Portada | | Buscar en Hollywood Clásico | Seguinos en Seguinos en Facebook

Citizen Kane: El eterno
encanto de una obra maestra

A 60 años del estreno de CITIZEN KANE (El Ciudadano-1941), nuestro cronista invitado supera su temor de no poder contar nada nuevo sobre el film que, considerado por muchos como el mejor de todos los tiempos, no ganó el Oscar® a la Mejor Película de 1941.

Por Aníbal Vinelli

El autor: Uno de los cronistas cinematográficos más respetados de la Argentina, empezó su carrera periodística allá por inicios de la década del 70, cuando su camino se cruzó con el de Marcos Celesia en una oficina pública, forjándose la entrañable amistad que ahora lo “obliga” a contribuir a este esfuerzo. Ha trabajado, entre otros medios, en La Opinión, Clarín y en varios programas de radio. Está casado con Rosalía y es padre de dos -esto es, seres humanos- Aníbal Elías y Gabriel Ernesto, ambos adolescentes. Pero cree que sobrevivirá a esto último.

Me asalta la sensación que estoy recorriendo un sendero tan trillado que, de a poco, me voy hundiendo en el barro del compromiso (el que concerté con los queridísimos muppets que dirigen este site), ahogado por la certeza que no podré decir nada nuevo sobre Citizen Kane (El Ciudadano, 1941). Y debo escribir la aterradora cantidad de 2200 palabras como mínimo, lo que para un periodista más o menos antisocial como yo es un doble martirio. Primero porque a fuer de escriba profesional soy como los caballos de 2 años, que en los circuitos de carreras no pasan, inicialmente, de los 800 ó 900 metros o distancias cortas similares. Y luego porque acostumbrado a expresar lo esencial, al rato me quedo sin discurso, otra razón por la que admiro a las mujeres en esa afabilidad extrema que les permite charlar durante horas con amigas y luego interrumpir el contacto telefónico con la promesa de seguir más adelante. Como si todavía quedase algo por decir: y lo hay, lo hay, siempre lo hay, oh maravilla del género femenino.

Así, sufrido navegante (el singular es porque descuento que al menos habrá uno que me lea), no espere encontrar aquí revelaciones espeluznantes sobre lo que sucedió alrededor de 1941 en Hollywood sino, más bien, las sensaciones que todavía invaden a un cinéfilo en torno a una obra maestra, a una de verdad.

Y hago hincapié en esto porque hay demasiados críticos empecinados en considerar así a tanta película que pronto quedará en el olvido.

La generosidad, sobre todo cuando es a costa de la credibilidad de los demás, puede ser uno de los pecados capitales no legislados. Y, total, no le cuesta nada al irresponsable que califica.

Citizen Kane, por el contrario, ha resistido magníficamente los castigos implacables del tiempo y, según pasan los años, reforzada por su estatura de clásica, se torna más indiscutible: ésta es la verdad revelada y, en cualquier caso, los ensayos librescos y fílmicos que la revisan (desde las entrevistas de Peter Bogdanovich, el ensayo de Pauline Kael y el documental de 1996 The Battle Over Citizen Kane hasta el film hecho para cable en 1999, RKO 281) no son sino expresiones de solidaria admiración. Gente que – como el que esto firma – quiere subirse al carro triunfal de Orson Welles sumando su aplauso ante la memoria de un gigante que nunca perdió su vigorosa humanidad.

En su época, provocó el temor y la furia de aquellos que, cercanos al magnate de la prensa William Randolph Hearst, veían un retrato alevoso en las imágenes que les devolvía el filme. Y eso es así, lo que también puede encontrarse en el Julio César de Shakespeare, que igualmente era menos exacto, históricamente, que formidable en lo artístico, la razón por la que ha perdurado. Si buscan a Hearst – que podía ser muy tierno con su divertida e inteligente compañera Marion Davies, con escasos contactos con la cantante fracasada Susan de la pantalla, y generoso además de un recalcitrante reaccionario y un megalómano en aquel San Simeon que llaman Xanadú en el filme – sólo encontrarán a Orson Welles y a su talentoso coguionista Herman J. Mankiewicz. Quien fue el padre intelectual de la criatura aunque haya sido Welles, finalmente, quien le dio el soplo de vida y la hizo tal como la conocemos. Y no olvidemos, tampoco, que Kane se parece a Hearst tanto como a Welles, que fue un niño prodigio, huérfano a los 13 y colocado bajo la custodia de un hombre llamado Bernstein. Que fue la base del personaje Bernstein, asistente de confianza de Kane, admirablemente interpretado por un habitué de Welles, Everett Sloane.

Lo que diferencia a Welles, Kane y Hearst es que el segundo no carecía de picardía, que al primero le sobraba, como probaría a lo largo de su conflictuada existencia y que el último del terceto jamás tuvo quizás porque nunca la necesitó. En cambio Orson, que no porque sí solía oficiar como ilusionista en sus ratos libres o en presentaciones especiales (como la que hizo en Touch of Evil / Sombras de mal corporizando a Marlene Dietrich en el rodaje sin que los jefazos de la Universal lo supieran), era un pícaro que no hubiese desentonado en un cuento de Mark Twain o Ring Lardner.

Recordemos, si no,  cómo le vendió al cretino más grande que jamás haya dirigido un estudio (la Columbia), el mal nacido de Harry Cohn, un guión que no sólo no había escrito sino que lo fue inventando mientras hablaba por teléfono con el sujeto. Y que se convertiría en The Lady from Shanghai (La dama de Shanghai, 1948)...

Reputado como provocador y atrevido – lo que en verdad era – Orson Welles se transformó en la bestia negra de la industria, el zar de la MGM Louis B. Mayer quiso quemar el negativo y la comunidad oficial del cine le dio la espalda en la ocasión ritual de los Oscars. Y aunque como decía Ignacio Anzoátegui que “cualquier edad es buena para perderse”, lo cierto es que Welles era muy joven y tamaña inteligencia y sensibilidad, además del pasado ligado a las causas de relativa izquierda del Teatro Federal o el escándalo de la transmisión radiofónica de La guerra de los mundos, resultaban un exceso para el establishment. Que probablemente hubiera hecho la vista gorda ante lo anterior, pero El Ciudadano atacaba a un dispensador de favores y dineros, subrayando sus errores políticos, la amistad con dictadores y el frenesí por la acumulación de bienes.

Que de yapa mostrara que Hearst/Kane poseía un corazón no fue considerado en el Haber de Orson Welles,  quizás porque el músculo que late ni se cotiza en Bolsa ni pesa su libra de carne a la hora de asumir en mesas directivas.
Y menos pareció importar que fuese capaz de defender las causas perdidas o, en sus principios, los intereses de los pobres, después de todo los verdaderos lectores de los diarios amarillistas de Hearst cuando éste todavía sabía ser popular.

El Ciudadano sorprendió igualmente por la riqueza de sus recursos técnicos, por el hecho de que Orson Welles y sus técnicos, especialmente el distinguido fotógrafo Gregg Toland, utilizaran la experimentación en un largometraje producido por un estudio. Las tomas al ras del piso o la muy citada profundidad de campo y aún los toques expresionistas o la composición, por ejemplo en la comida con coristas en la redacción del periódico, y el laborioso proceso de conformar decorados inigualables, son, hoy día, valiosos. Contribuyen, sin distraer, a la fluidez narrativa, y todavía pueden señalarse como ejemplo en las escuelas de cine o en las divagaciones de los teóricos.

En los años del color, el sonido Dolby, las imágenes IMAX y los efectos especiales, aquellos hallazgos podrían no deslumbrar, pero deberían hacerlo. Porque muy a menudo se olvida que los recursos técnicos de nada sirven – y hay tanto ejemplo actual en la pantalla de su shopping o donde quiera usted concurra – y que por el contrario, sólo son el maquillaje de películas vacías si éstas no tienen nada que decir.

El Ciudadano posee substancia y entre otras muchas hazañas consigue la de trazar una radiografía visual – el equivalente fílmico de la biografía literaria – en menos de 2 horas. Porque como solía declarar Dashiell Hammett, aquello del escrito tan perfecto que nada se le podía cortar, lo que no está en el filme no es esencial. Más aún, recursos de la ficción mediante, Welles/Mankiewicz nos dicen de Kane mucho más que lo que supieron sus contemporáneos, en particular esa faceta conmovedora de Rosebud y un trineo/deslizador de juguete que, junto con una infancia, quedó sepultada en el desván de los recuerdos y de las exigencias de la fama, el poder y demasiado dinero. Como que a Hearst, al auténtico, le condicionó la vida y lo forzó – probablemente con la aquiescencia del interesado – a tratar de ser trascendente – tal como él lo entendía – o por lo menos notable, ya fuese robándole columnistas y dibujantes a Joseph Pulitzer o adquiriendo Kultur en ruinas europeas o belleza en los harenes del glamour recauchutado de California, Nueva York y San Francisco.

Welles rompió con los lineamientos cronológicos de la narración, porque apenas comenzado el filme sabemos que Charles Foster Kane ha muerto: es el tiempo de las celebraciones necrológicas – “nihil mortus bonum” o “de los muertos sólo lo bueno” – salvo para un noticiero periodístico muy similar a los se exhibían en los cines antes de la televisión que – nunca faltan editores en jefe o secretarios de redacción así o sea unos cargosos – quieren encontrar el ángulo diferente.

La investigación consiguiente nos lleva a un volver a vivir en la existencia de Kane, un avance y retroceso por la niñez interrumpida por la riqueza, la travesura de un expulsado de Harvard (y muchos otros colegios) que piensa que “sería muy divertido manejar un periódico” y la insolencia de volverlo exitoso atacando los intereses de su propia clase social. El cuasi revolucionario inclusive redacta una declaración de principios que su condiscípulo, colaborador y amigo de entonces, Jedediah Leland (Joseph Cotten), le pide para conservar y atesorar.

Al correr del reloj Kane empieza a edificar su imperio periodístico y hasta adquiere la respetabilidad de una esposa, Emily,  sobrina predilecta del presidente de la Nación. Kane y Emily se aman, Kane y Emily se llevan bien, Kane y Emily comparten una mesa en silencio. Kane empieza a engañar a Emily y el adulterio es descubierto por Gettys, un despiadado cacique político, que ofrece el silencio a cambio de que su rival renuncie a una candidatura como gobernador del estado de Nueva York.

Y habla bien de Kane el hecho que prefiera el escándalo antes que aceptar el chantaje, aunque ello le cueste la elección: todavía es capaz de gestos así, que cada vez abundarán menos en el futuro.

¿Pasan tantas cosas en El Ciudadano? Pues sí y más aún, a diferencia de determinados productos presuntamente intelectuales, en el mejor de los supuestos, e inexistentes en el peor, donde la acción es como el perro que se muerde la cola, girando sobre sí mismo y sin llegar a ninguna parte.

Estamos ya en la última etapa de la saga de Kane, en su lento proceso de desintegración y fracaso mientras el imperio se le derrumba y los manejos financieros de los otros lo dejan más rico que nunca y con ningún poder real, refugiado como un pomposo ermitaño en Xanadú, con legiones de sirvientes y estatuas (y hasta un zoológico privado) y una esposa bella, aburrida y afónica. Esto último por la locura de Kane, que quiso convertirla en cantante de ópera para que no desentonase al lado suyo.

Después de todo, a falta de un amor perdurable, nadie podrá negarle su condición de comprador, de adquirir bienes y algo parecido a los afectos. Porque, en verdad, todos terminan abandonándolo: su primera esposa Emily y la segunda, Susan, el amigo de siempre, Leland – que enfermo y olvidado yace, rencoroso, en un geriátrico – o su asesor económico y luego Némesis, el ricachón y ultraconservador de Thatcher.

Que primero fue su tutor, hizo crecer su fortuna y luego ejecutó los arreglos financieros que lo dejaron sin mando ni empresas.
Y Emily y el hijo de ambos, en el que probablemente haya sido el momento más doloroso, morirán en un accidente automovilístico.

Si hasta su madre, que lo quería, lo alejó de su lado para que adquiriera una cultura y supiese como administrar su dinero, separado de un padre brutal e ignorante.

Kane – y también en esto difiere de Hearst, un anfitrión notorio por la calidad y cantidad de sus reuniones y la fama de sus invitados – se ha convertido en un solitario, el precio por tanto éxito y por la gente que atropelló en su camino hacia la gloria. O hacia algo parecido.

Lo real es que la gloria será para Orson Welles, cuando su Kane musite ese misterioso “Rosebud” que habrá de convertirse en una de las palabras más recordadas de la cinematografía, el vocablo que refiere a la mitología del personaje tanto como a los brillos de la obra que lo representa. Y es otro de los hallazgos del filme que, como se ha sugerido muchos renglones atrás, nosotros, espectadores, sabemos lo que ignoran los responsables del noticiero cinematográfico que hurgaba en la saga de Charles Foster Kane. Todo lo que había en esa palabra musitada por un anciano alicaído, enfermo y más bien decadente.

Welles mediante, hemos sido los únicos periodistas que descubrieron la verdad, si que hay una sola y única en un mundo controversial y complejo.

Y tal vez la haya y lleva por nombre El Ciudadano. No, no estoy diciendo – soy enemigo de los superlativos y las afirmaciones absolutas y definitivas – que sea la única película valedera en toda la historia de la pantalla.

Pero es uno de los muy pocos filmes en que la pasión cinéfila siempre encontrará un refugio cálido e inteligente, paradoja de una tragedia que estimula algunas de las mejores cualidades del ser humano.

Sin rayar jamás en un didactismo elemental ni en la presuntuosidad de tanto talento de ocasión que por ahí suelen asestarnos en la oscuridad cómplice e invasora de una sala...

CITIZEN KANE (EL CIUDADANO, 1941)
(Ficha técnica por Fabián Cepeda)

Producida por MERCURY THEATHER PRODUCTIONS. Distribuida por R.K.O. RADIO PICTURES. Estreno en los Estados Unidos: 01/05/41. Estreno en la Argentina: 08/08/41. Producida y dirigida por Orson Welles. Guión original de Herman J. Mankiewicz y Orson Welles. Fotografía de Gregg Toland. Música de Bernard Herrmann. Dirección artística de Nest Polglase y Perry Ferguson. Decorados de Darrell Silvera. Vestuario de Edward Stevenson. Edición de Robert Wise.  Duración: 119’.

Intérpretes: Orson Welles, Joseph Cotten, Dorothy Comingore (actuó anteriormente como Linda Winters), Agnes Moorehead, Ruth Warrick, Ray Collins, Erskine Sanford, Everett Sloane, William Alland, Paul Stewart, George Coulouris, Fortunio Bonanova, Gus Schilling, Philip Van Zandt, Georgia Backus, Harry Shannon, Sonny Bupp, Buddy Swan, Al Eben, Charles Bennett, Lew Harvey, Bruce Sidney, Thomas A. Curran, Edward Peil, Charles Meakin, Mitchell Ingraham, Francis Sayles, Edith Evanson, Louise Franklin, Irving Mitchell, Herman J. Mankiewicz, Arthur Kay, Tudor Williams, James Mack, Gohr van Vleck, Jack Raymond, Shimen Ruskin, George Sherwood, Milton Kibbee, Herbert Corthell, Louis Natheaux, Allan [Alan] Ladd, Louise Currie, Eddie Coke, Walter Sande, Arthur O’Connell, Richard Wilson, Kathryn Trosper, Robert Dudley, Edmund F. Cobb, John Dilson, Walter James, Major McBride, Suzanne Dulier, Harry Vejar, Capitán García, Art Yeoman, Philip Morris, Albert Frazier, Tim Davis, Jack Norton, Karl Thomas, Glenn Turnbull, Donna Dax, Myrtle Mischell, Joseph North, Richard Baer, Gino Corrado, Benny Rubin, Thomas Pogue, Patrick Whitney, Gregg Toland, Jean Forward, Joan Blair, Frances E. Neal, Ellen Lowe, Harriet Brandon [Jan Wiley].

 

FABIÁN CEPEDA (1966-2011)
Co-Director y Co-Autor de HollywoodClasico
Extraordinario investigador y autor, gran amigo y maravillosa persona
Nunca será olvidado por quienes nos cruzamos en su vida


Sitio dedicado a la memoria de Aníbal Miguel Vinelli

© 1999–2017 Marcos Celesia y Fabián Cepeda
® Todos los derechos reservados. Registro de la Propiedad Intelectual.
Todos los derechos de propiedad intelectual de las fotos y los carteles que aparecen en este sitio son propiedad de las Productoras y/o Distribuidoras correspondientes. Dicho material ha sido tomado de fuentes de la Internet de libre accesibilidad o de textos publicados. Este sitio no pretende violar en forma alguna los derechos respectivos de los titulares de los Derechos de Autor.
Copyright to all photographs and posters which appear in this site belong by the corresponding Production and/or Distribution Companies. The same are collected from publicly aired and published sources. This site is in no way trying to infringe on the respective rights of their copyright holders.

Oscar® y Academy Awards® y la propiedad intelectual del diseño del Oscar® son marca registrada y marca identificatoria de servicios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas; y la estatuilla del Oscar® es propiedad registrada de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. Este Sitio no es avalado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, ni se encuentra en forma alguna relacionado con la misma.
Oscar® and Academy Awards® and Oscar® design mark are the trademarks and service marks and the Oscar© statuette the copyrighted property, of the Academy of Motion Picture Arts and Sciences. This site is neither endorsed by nor affiliated with the Academy of Motion Picture Arts and Sciences.