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Glorias de Hollywood: Katharine Hepburn

Katharine Hepubrn, una de las últimas glorias vivientes del cine de todos los tiempos, cumple 94 años. La actriz más galardonada por los Oscar® de Hollywood, en un sentido homenaje.

Por Rodolfo Otero

El Autor: Escritor de novelas y guiones, y Coordinador de la Cátedra de Guión I de la Universidad del Cine de Buenos Aires. Ha recibido múltiples premios. Su libro “El verano del potro” fue filmado en 1989, en co-producción argentino-canadiense, protagonizada por Héctor Alterio y China Zorrilla).

La última leyenda viviente del Hollywood clásico, Katharine Hepburn aún mantiene dos records inigualados: doce nominaciones al premio de la Academia para la mejor actriz (Meryl Streep también alcanzó las doce nominaciones, pero dos de ellas como actriz de reparto) y cuatro Oscar®  ganados. Paradójicamente, la actriz nunca le dio importancia al premio y ninguna de las veces que estuvo nominada concurrió a la ceremonia de entrega.

Kate, como la conocen sus amigos, nació el 12 de mayo de 1907 en Hartford, Connecticut, la segunda hija de un matrimonio inscripto en la más granada aristocracia de Nueva Inglaterra. Sus padres, un cirujano y una feminista que enarboló la causa de la igualdad de la mujer, le inculcaron  a una edad muy temprana la independencia de criterio que iba a acompañarla durante toda su carrera. La pequeña Katie (su primer sobrenombre) se crió practicando deportes y nadando en el mar junto a la casa veraniega de la familia, compartiendo sus juegos con su hermano mayor Tom, a quien idolatraba.

A los 13 años sufrió una experiencia traumática que marcaría el resto de su adolescencia: de visita en casa de unos parientes, al ir a buscar a Tom para desayunar, se encontró con el cuerpo sin vida de su hermano pendiendo de una cortina. Su padre se negó a aceptar el aparente suicidio, atribuyendo el hecho a un accidente. De un modo u otro, Katharine se volvió retraída y cerrada, al punto de terminar la escuela secundaria en su propia casa, con maestros particulares. Completó su educación en el exclusivo college Bryn Mawr, donde, ya decidida a convertirse en actriz, se graduó en drama. Aunque le costó adaptarse, en Bryn Mawr Kate recuperó su personalidad extrovertida y adoptó el acento que iba a caracterizarla en su carrera profesional.

La joven graduada se casó en 1928 con Ludlow Ogden Smith, de otra familia prominente de Nueva Inglaterra, pero no por eso abandonó sus planes: un par de años después se encaminó a Broadway, y después de varios tropiezos y conflictos con directores de escena logró el rol protagónico en “The Warrior’s Husband” (apropiadamente, como una amazona).

Su éxito en esa obra llamó la atención de Hollywood, en especial del director George Cukor, que buscaba una actriz juvenil para  A Bill of Divorcement (Doble sacrificio,1932 ). A pesar de una prueba no muy convincente, Cukor se entusiasmó con la personalidad y el temperamento de Kate y no dudó en darle el papel de hija de John Barrymore. La película se convirtió en  uno de los éxitos del año y fue, parafraseando a Humphrey Bogart en “Casablanca”, el comienzo de una hermosa amistad entre la nueva estrella y el director, que se prolongaría hasta la muerte de Cukor a través de diez colaboraciones.

En 1933, al año siguiente de su llegada a Hollywood, Katharine protagonizó Morning Glory (Gloria de un día) junto a Adolphe Menjou y Douglas Fairbanks, Jr., y ganó su primer Oscar®. El mismo año interpretó el papel de Jo en Little Women (Las cuatro hermanitas), la clásica novela juvenil de Louisa May Alcott. Jo, independiente, revoltosa, llena de vida (y alter ego de la autora) tenía mucho en común con la actriz, que bajo la dirección de Cukor la hizo inolvidable y obtuvo su primer gran éxito de taquilla.

Pero el resto de la década del 30 no sería tan feliz para la nueva estrella. En 1934 volvió a Broadway para encabezar el reparto de “The Lake”, que bajó de cartel al cabo de apenas cincuenta representaciones, y su matrimonio, que ya venía tambaleando, se desmoronó del todo. Divorciada, Kate regresó a Hollywood para enfrentarse una y otra vez con los directivos de su estudio, RKO, que persistían en ofrecerle dramas de época, no precisamente la mejor opción para su temperamento independiente y su belleza poco convencional. Que brillaron en cambio en Alice Adams (La mujer que supo amar, 1935) un papel a su medida que la Academia supo reconocer con una segunda candidatura. De allí en adelante los sucesivos fracasos de sus películas la llevaron a ser considerada “veneno de boletería”. En retrospectiva parece bastante injusto, ya que varias de sus actuaciones de la década son realmente memorables. Entre ellas vale la pena rescatar Sylvia Scarlett (Una mujer sin importancia, 1936), en la que se disfraza de varón buena parte de la película y comparte cartel por primera vez con uno de sus partenaires ideales, Cary Grant (que por una vez pudo utilizar su acento cockney).

En el ‘36 brilló en Mary of Scotland (María Estuardo, Reina de Escocia) junto a Fredric March. Imaginemos lo que hubiera sido una versión de la historia con ella y Bette Davis en el papel de Isabel. La biografía de la infortunada reina de Escocia marcó su única colaboración con John Ford, con quien vivió un romance tan apasionado como breve. Todavía no había surgido en su vida otro irlandés bebedor y muy masculino, pero por lo visto el patrón ya estaba presente.

A continuación protagonizó tres películas que la posteridad ha consagrado merecidamente como clásicos. La primera fue Stage Door (Entre bastidores, 1937), a la cabeza de un elenco que incluía a Ginger Rogers, Adolphe Menjou, Gail Patrick, Andrea Leeds y, en papeles menores, a un trío impagable: Lucille Ball, Eve Arden y Ann Miller. En esta comedia de ambiente teatral Kate interpretó a una actriz bastante pagada de sí misma, que ensayaba una y otra vez una frase repetida hasta el cansancio en sus imitaciones: “The calla lilies are in bloom again...”

El segundo de estos filmes, un fracaso rotundo de boletería en su estreno, hoy ha sido reconocido por los especialistas y una legión de cinéfilos como la comedia screwball por excelencia: Bringing Up Baby (La adorable revoltosa, 1938), una colección demencial de situaciones disparatadas dirigida con el frenesí que sólo podía manejar Howard Hawks. Kate fue esta vez una heredera empeñada en conquistar a un pacato paleontólogo (Cary Grant, en una increíble composición contra tipo). Las complicaciones se inician cuando el perro de ella roba un valioso hueso de dinosaurio que él necesita para completar un brontosaurio que ha llevado años armar. De allí en adelante la tranquilidad del bueno de Cary lo abandonará para siempre. A la mezcla se agregan la segunda mascota de Kate, un leopardo domesticado, una tía excéntrica (May Robson), su amigo cazador (Charlie Ruggles, grandioso), un jardinero borrachín (Barry Fitzgerald), un sheriff muy confundido (Walter Catlett) y un psicólogo irascible (Fritz Feld). Al servicio de ese elenco perfecto y ese director ideal estuvo un guión brillante de Dudley Nichols.

El ‘38 fue también el año de Holiday (Vivir para gozar), una nueva reunión de Kate y Cary, la segunda con dirección de George Cukor. Otra comedia deliciosa (remake de un filme de 1930), con Edward Everett Horton repitiendo un recordable personaje secundario.

Pero el siguiente proyecto que le ofreció la RKO fue Mother Carey’s Chickens, una comedia sentimental clase “B” completamente opuesta al estilo de la actriz. Katharine decidió terminar su contrato y regresó a Broadway, donde el autor Philip Barry, su amigo, escribió una obra especialmente para ella: “The Philadelphia Story”. Kate volvió a brillar en el papel de una heredera malcriada que ella podía interpretar como nadie, y compró los derechos de la versión cinematográfica. La obra fue uno de los mayores sucesos de la temporada 1939, y Hollywood no podía pasarla por alto (En el mismo año Kate se negó a dar una prueba para el codiciado papel de Scarlett O’Hara, en cuya preproducción estaba trabajando su amigo Cukor).

Cuando inevitablemente la Metro decidió trasladar al cine “The Philadelphia Story”, se encontró con que tenía que negociar con Kate, que se había asegurado no sólo protagonizar la comedia sino elegir a su director y sus dos coestrellas masculinas. La primera función recayó (por supuesto) en George Cukor. Para la segunda ella había pensado en Clark Gable y Spencer Tracy. Louis B. Mayer le contraofertó a Cary Grant y Jimmy Stewart, y ella aceptó sin dudarlo. El resultado, The Philadelphia Story (Pecadora equivocada, 1940) fue otra joya de la comedia que le valió una nueva nominación para ella (que no ganó el Oscar®; probablemente se dividió los votos con Bette Davis -en The Letter / La carta-  y la estatuilla fue a parar a manos de Ginger Rogers). El que en cambio se quedó con el premio al Mejor Actor fue James Stewart, excelente en el papel del reportero con mucha calle que se enamora de ella.

Restablecida como una estrella de primera línea, Kate encaró a continuación otro proyecto mandado a hacer para ella, que iba a tener  también consecuencias importantes para su vida personal. Otra vez pudo imponer el director (George Stevens, que la había dirigido en “La mujer que supo amar”) y se reunió por primera vez con quien iba a ser su gran amor y su cointérprete ideal: Spencer Tracy. La película fue Woman of the Year (La mujer del año, 1942) y los dos roles les calzaban como anillo al dedo a ambos: ella fue una periodista estrella especializada en política internacional, y él un reportero de deportes sin ninguna pretensión intelectual. Ya es legendaria la historia de su primer encuentro, de la que hay varias versiones, que en definitiva se reducen a un comentario de Kate de que Tracy era “demasiado bajo para ella”, a lo que él habría respondido “No se preocupe, ya la pondré a mi nivel” (hay quien atribuye el comentario a Joseph L. Mankiewicz).

Dentro y fuera de la pantalla, Kate y Spence se sacaron chispas, y antes de concluir la filmación ya estaban perdidamente enamorados. Se las arreglaron para vivir juntos sin hacerlo público y notorio, pero Tracy nunca se divorció de su mujer (era católico, y para él el divorcio no era una opción, y además nunca quiso abandonar a un hijo sordo que le producía un fuerte sentimiento de culpa, ya que pensaba que el mal del chico era una consecuencia de su alcoholismo).

Durante los 25 años que duró esta unión informal, Kate sacrificó parte de su carrera para acompañar a Tracy, que sufría recaídas en su adicción al alcohol y que sólo parecía encontrar un bálsamo en la presencia de ella. De cualquier modo el público los adoraba juntos y coprotagonizaron otras ocho películas, entre ellas clásicos como State of the Union (Su último deber, 1948) dirigida por el gran Frank Capra, y Adam’s Rib (La costilla de Adán, 1949), otra vez con Cukor, que también los dirigió en Keeper of the Flame (Ídolos de barro, 1942) y Pat and Mike (La impetuosa, 1952). La costilla de Adán es, con La mujer del año, la película que mejor define la esencia de la química entre Spence y Kate: la historia de dos abogados casados en los bandos opuestos de un juicio que involucra a una mujer engañada (Judy Holliday, una revelación) que se venga de su marido. Este guión, escrito para ellos por sus amigos Garson Kanin y Ruth Gordon, les permitió volver a los roles para los que nacieron: la mujer inteligente e independiente y el hombre sencillo pero firme capaz de domarla por amor.

En 1951 Katharine se unió a Humphrey Bogart a la cabeza del reparto de The African Queen (La reina africana), en la que ambos interpretaban papeles absolutamente contra tipo: él un capitán de barco borracho y perdedor, y ella una recatada misionera solterona, que emprenden una inesperada aventura en un río africano durante la Primera Guerra Mundial. Dirigida por John Huston y filmada en escenarios auténticos (el director había decidido rodar en África con el secreto propósito de cazar un elefante), la película fue un triunfo artístico y comercial y trajo consigo una nueva nominación para Kate y, como en Pecadora equivocada, el premio al Mejor Actor para su coestrella.

Durante el resto de la década Katharine se especializó en retratos de solteronas esperanzadas, como en Summertime (Locura de verano, 1955), con Rossano Brazzi y dirigida por David Lean, y The Rainmaker (El farsante, 1956), con Burt Lancaster, por las que se hizo acreedora a dos nuevas nominaciones. En 1959 redondeó la década con otra actuación nominada en Suddenly, Last Summer (De repente en el verano), compartiendo cartel con Elizabeth Taylor y Montgomery Clift, bajo la dirección de Joseph L. Mankiewicz. Durante el rodaje Clift, que había quedado muy afectado por el accidente que lo desfiguró, sufrió presiones que motivaron una relación ríspida con el director; Kate, a imagen de su personaje en la película, salió en su defensa y lo ayudó a salir adelante.


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En 1962 obtuvo otra candidatura al Oscar® por A Long Day’s Journey Into Night (Viaje de un largo día hacia la noche), una de sus más grandes actuaciones en el conmovedor papel de la madre de Eugene O’Neill. Durante el resto de la década, en la que se le declaró el temblor de cabeza que sufre desde entonces (ella ha negado que se trate de mal de Parkinson, aunque el síntoma parece evidente), se dedicó a atender a Spencer Tracy, cuya salud se iba deteriorando cada vez más. Todavía llegaron a hacer otra película juntos, la célebre Guess Who’s Coming to Dinner? (¿Sabes quién viene a cenar?, 1967), de Stanley Kramer, que abordó el entonces candente tema de la igualdad racial a partir del matrimonio de la hija de la pareja (interpretada por Katharine Houghton, sobrina de Kate) y Sidney Poitier.

Kate y Spence volvieron a ofrecer dos composiciones inolvidables que reflejaban el amor de toda una vida, magnificado por el hecho de que los dos sabían que él se estaba muriendo. Pero Tracy logró completar la filmación. El día del final del rodaje llamaron a George Cukor: lo primero que dijo él fue “I’ve made it, dammit!” (“Lo logré, carajo!”). El actor falleció tres semanas después. Kate, por respeto a su familia, no concurrió al entierro.
La actriz terminó ganando su segundo Oscar® por ¿Sabes quién viene a cenar? Y, de hecho, inició una de las etapas más ricas de su trayectoria. Al año siguiente su impresionante duelo actoral con Peter O’Toole en The Lion in Winter (El león en invierno, 1968) le valió un tercer Oscar® (compartido con Barbra Streisand en Funny Girl) y la admiración incondicional de su joven compañero de elenco Anthony Hopkins.

En 1975 hizo una aparición sorpresa en la ceremonia del Oscar®, pero únicamente como generoso acto de agradecimiento al productor Lawrence Weingarten, que produjo varios de sus films con Spencer Tracy, y que debía recibir el Premio Especial Irving Thalberg. Su presencia no había sido anunciada oficialmente. La presentó David Niven y la sala completa estalló en una ovación de pie. Cortando los aplausos, y con la humildad que la caracterizó, dijo “Suerte que nadie me gritó «¡Ya era hora!». Soy la prueba viviente de que se puede esperar 41 años para dejar de ser egoísta”. Entregó el premio a su amigo con conceptuosas palabras, se negó a acompañarlo a la sala de prensa, rápidamente se subió a un auto que la esperaba y abandonó el Music Center Auditorium. La ceremonia de los Oscar® nunca más contó con su presencia.

A continuación la impresionante carrera de Kate se repartió entre nuevas incursiones por el teatro (“Coco” en 1969 y “West Side Waltz” en 1980), estupendas películas para televisión como una versión de “El zoo de cristal” y sus dos últimas colaboraciones con Cukor: “Amor entre las ruinas”, que la reunió con Laurence Olivier, y una nueva versión de “The Corn Is Green”; y el cine todavía le dio ocasión de reunirse con otros dos próceres: John Wayne en Rooster Cogburn (El alguacil del diablo, 1975) y Henry Fonda en On Golden Pond (En la laguna dorada, 1981) que les depararía el Oscar® a los dos. Su última aparición en la pantalla grande fue Love Affair (Secretos del corazón, 1994), como la entrañable abuela de Warren Beatty, que desarrolla una hermosa relación con Annette Bening, el interés amoroso de su nieto.

Love Affair es la segunda remake del film de 1939, en que los papeles fueron interpretados por Charles Boyer, Irene Dunne y Maria Ouspenskaya, en el rol de la abuela. La primera remake fue An Affair to Remember (1957), con Cary Grant, Deborah Kerr y Cathleen Nesbitt. Curiosamente, ambos filmes fueron dirigidos por Leo McCarey. Si Love Affair fuese la última película de Katharine Hepburn, que a los efectos prácticos ya se ha retirado, sería una hermosa despedida de la pantalla grande, al estar entrelazada con el período dorado de Hollywood.

Hoy, a punto de cumplir 94 años, Katharine Hepburn es un monumento viviente al período de mayor esplendor de Hollywood, y para muchos la actriz más grande de la historia del cine. Pero sobre todo una inspiración para todos aquellos que admiran su espíritu invencible, su independencia a toda prueba, su honestidad intelectual y su considerable belleza interior.

FABIÁN CEPEDA (1966-2011)
Co-Director y Co-Autor de HollywoodClasico
Extraordinario investigador y autor, gran amigo y maravillosa persona
Nunca será olvidado por quienes nos cruzamos en su vida


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