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Superestrellas que empezaron como extras: el camino hacia el estrellato a veces demora

Por Fabián Cepeda

Hollywood, la afamada Meca del cine, ha sido siempre el sueño dorado por excelencia. Y para 1920 el idilio del público con las películas estaba en pleno auge. El renombrado "star system", las revistas de espectáculos, la publicidad especializada a nivel mundial, la atracción de la capital del cine y sus habitantes, y los consabidos enormes sueldos pagados allí, fueron disparadores de los sueños de miles de jóvenes –y no tan jóvenes– hombres y mujeres de todas partes que, en la oscuridad de una sala, soñaban con estar en el ecran y tocar el cielo con las manos. El glamour, la riqueza y el hedonismo parecían ser características privativas de las estrellas cinematográficas. Entonces, las muchachas obreras veían deleitadas cómo las ingenuas de la pantalla se terminaban casando con hombres ricos y elegantes e, inmediatamente, sus imaginaciones las proyectaban a ellas mismas en esa situación. Las amas de casa, aburridas con la rutina de la vida doméstica, podían escaparse por al menos un rato e identificarse enseguida con esas mujeres espléndidas, las heroínas del cine, que, gracias a ingeniosos guionistas, estaban siempre colmadas de pasión y adoración. Y hasta el hombre trabajador promedio y el oficinista se veían identificados con esos estupendos y arriesgados aventureros que lo hacían todo con tal de alcanzar a esas mujeres inmaculadas que por entonces desfilaban incansablemente en las pantallas del cine.

Entonces, es fácil entender que meterse en el mundillo del cine y transformarse en una rutilante estrella haya sido la adorada meta de innumerables espectadores cinematográficos de principios del siglo pasado. Pero ¿era en realidad tan fácil acceder a ese medio, posicionarse en él y luego mantenerse? Centenares de jóvenes hombres y mujeres de todas partes trabajaban en lo que podían para ahorrar suficiente dinero para pagarse lecciones de actuación, armarse un book de fotos y pagarse un viaje a Hollywood, con la esperanza de ser aceptados por algún agente o descubiertos por algún que otro cazador de talentos. Pero la oferta, como siempre, superaba a la demanda. Así, muchos –por no decir la mayoría– de estos jóvenes soñadores, una vez establecidos en las cercanías de la Meca, tuvieron que arreglárselas como pudieran para costearse la cara estadía en los no menos caros hoteluchos, y hacer lo que fuere para presentarse en cuanto casting o llamado de los grandes estudios apareciese en los periódicos de la industria.

Pero ¿existieron ilusos que no lograron introducirse en el mundillo del cine luego de sacrificarse al máximo y luchar por quedarse? La respuesta es sí: cientos, o miles, en realidad, que tuvieron que volverse a sus pueblitos natales con las estrellas de sus soñadores ojos apagadas. Pero también existieron los otros, los que no bajarían los brazos por nada del mundo, y tratarían de soportar fracaso tras fracaso hasta lograr su cometido, y acceder a trabajar como estrellas de cine, sin importarle el hecho de tener que pasar meses –hasta años– realizando pequeños papeles o roles de extra con tal de mantenerse activos y siempre visibles. En fin: soñadores de la gloria, para los cuales la palabra "no" era un aliciente de batalla.

Es harto difícil definir qué es lo que transforma a un aspirante a actor o actriz en estrella. En su libro "It", la escritora Elynor Glyn trató de analizar este fenómeno, y justamente estableció con sus propias palabras que todo era cuestión de tener o no tener ese "algo" (o el "it" del título) indescriptible que hace que una rubia bonita llegue a estrella, mientras que otra rubia igual de bonita no lo haga. Siguiendo este concepto, ha habido cientos de casos en los que aspirantes a intérpretes totalmente desconocidos se transforman en estrellas de la noche a la mañana, gracias al ojo sagaz de un cazador de talentos que ve en ellos material potencial suficiente para posicionarlos en ese rango. Como ejemplos, entre los miles que existen, citemos los casos de Robert Taylor, Jane Russell, James Stewart, Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Spencer Tracy, James Cagney y tantos otros, de quienes puede decirse que comenzaron sus respectivas carreras cinematográficas prácticamente protagonizando sus propios filmes, luego de haber pasado un breve test fílmico.

Pero también están los otros, aquellos a quienes les costó bastante mantenerse en el mundo de las películas, y debieron soportar el tedio de aparecer en decenas y decenas de filmes en pequeños bolos, y hasta en papeles de extra, hasta que un golpe de suerte –o la misma permanencia– les permitiera pasar de ser segundones a jugar en primera.

Como el caso del famosísimo Clark Gable, el indiscutido "Rey" del cine, por excelente ejemplo. Gable, nacido en 1901, llegó a Hollywood a mediados de los años 20, y su desabrida figura y enormes orejas fueron totalmente incompatibles con el lívido perfil de los galanes de entonces, por lo que tuvo que permanecer más de siete años defendiéndose en papeles de extra, como bailarín o simplemente como uno más del montón. Así, si uno no pestañea, podría verlo como bailarín en las películas The Merry Widow (La viuda alegre, 1925) y en The Plastic Age (Libros y faldas, 1926), como un extra de la multitud durante las carreras de cuadrillas de Ben-Hur (Ben-Hur, 1925), junto a otras futuras estrellas como Myrna Loy y William Elliott, o como un perplejo testigo de los desastres provocados por la inundación en The Johnstown Flood (La represa de la muerte, 1926), donde también aparecía su futura esposa, Carole Lombard, interpretando a una doncella. Solamente diez años más tarde, estos dos jóvenes aspirantes a actores se transformarían en los verdaderos reyes de Hollywood...

Una de las bellezas más espectaculares de Hollywood, la hermosa Ava Gardner, tampoco se transformó en estrella de la noche a la mañana. Ava, nacida en 1922, llegó a Nueva York desde su Carolina natal hacia 1940, y su impactante figura, sumada a sus alucinantes ojos verdes, atrajeron la atención de todos. La poderosa Metro Goldwyn Mayer la contrató enseguida. Sin embargo, este atractivo físico no la ayudó en un principio, ya que apareció en casi veinte películas en papeles de extra casi desapercibida: en Shadow of the Thin Man (La sombra de los acusados, 1941) se la ve caminando por la vereda mientras un auto se estaciona; en Babes on Broadway (Música y juventud, 1941) aparece al final de la película, sonriéndole al protagonista, Mickey Rooney, su futuro esposo en la vida real; en This Time for Keeps (El recuerdo de tus labios, 1942) es una muchacha a la que vemos encender un cigarrillo casi inadvertidamente, y en Hitler’s Madman (1943) es una joven estudiante checa investigada por los Nazis. Ava fue entrenada, recibió lecciones de actuación, aprendió a caminar sensualmente, dicción y hasta cómo vestirse adecuadamente, y así los productores de la Metro comenzaron a fijarse en ella y a darle mejores papeles...

Otro luchador fehaciente fue Alan Ladd, rabiosamente popular en las taquillas de las décadas de los '40 y '50, y eterno muchachito del tipo aventurero con jopo inamovible. Nacido en 1913, Ladd llegó tempranamente a Hollywood a principios de la década del treinta, tratando de consagrarse como actor. Su corta estatura, su timidez y su inexperiencia le impidieron conseguir papeles jugosos. Pasó más de diez años apareciendo en roles de escasa repercusión y en papeles de extras, en casi cuarenta películas, antes de que la Paramount lo convirtiera en estrella gracias a sus roles de gángster frío y calculador o investigador con un pasado oscuro, que le sentaban como anillo al dedo para desplegar diferentes facetas de su personalidad. Comenzando con un brevísimo rol de cadete en la película Tom Brown of Culver (Héroe o cobarde, 1932), donde compartía escenas con otra futura estrella, Tyrone Power, Ladd realizó trabajos de extra en diversos roles: fue uno de los hombres bestias (otros fueron Randolph Scott y Buster Crabbe) en la película Island of Lost Souls (La isla de las almas perdidas, 1933); un aspirante a cantante que aparece unos pocos minutos en The Goldwyn Follies (Goldwyn Follies, 1938) y un reportero apenas visible en el clásico Citizen Kane (El ciudadano, 1941), antes de iniciar su meteórica carrera...

Un actor con una extensa carrera pero injustamente olvidado en la actualidad fue Dennis O'Keefe, recordado intérprete de los films noir T-Men (Mala moneda, 1947), Raw Deal (Pasiones de fuego, 1948) y Walk a Crooked Mile (Nubes negras, 1948) entre decenas de otras. O'Keefe, nacido en 1908, fue una verdadera estrella durante los años de oro del cine, y desarrolló una interesante carrera a lo largo de casi cuarenta años. También posee el récord de haber participado, en calidad de extra, en más de ciento cincuenta películas antes de protagonizar su primera. Generalmente se lo podía ver en escenas de fiestas, sentado a una mesa, o bailando, pero sin ningún diálogo. Hacia 1937 la poderosa MGM lo contrató y allí comenzó su ascendente carrera. Esforzándonos, podremos ubicarlo como un sirviente real en Madame DuBarry (Madame DuBarry, 1934), como un joven reportero durante las escenas de la corte de Mr. Deeds Goes to Town (El secreto de vivir, 1936) o como un jovial invitado a una fiesta en A Star is Born (Nace una estrella, 1937)...

El duro por excelencia de la pantalla grande, Charles Bronson, también comenzó con bolos y roles de extra. Nacido en 1921, Bronson hizo todo tipo de trabajos antes de dedicarse a la actuación, y a sus treinta años debutó en un insignificante papel en You're in the Navy Now (Disloque a bordo, 1951), utilizando el que por entonces era su verdadero nombre: Charles Buchinski. Su ascenso a mejores papeles no fue fácil, ya que sus rasgos afilados y su peculiar temperamento le dificultaban conseguir papeles, así que apareció en más de quince películas en roles poco más que de extra, tales como el de un pandillero portuario en The Mob (Incógnito, 1951), un agente soviético sin nombre en Diplomatic Courier (Misión peligrosa en Trieste, 1952), su recordado Igor, el siniestro sirviente mudo de House of Wax (Museo de cera, 1953) o un soldado obnubilado por las bondades de Rita Hayworth en Miss Sadie Thompson (La mujer de Satanás, 1953). En 1954 el director Delmer Daves lo eligió especialmente para el papel del indio Capitán Jack en su película Drum Beat (Toque de tambor, 1954), lo rebautizó Charles Bronson, y cambió para siempre su historia...

Por último, como broche de este estudio, también citaremos como exponente de este singular listado al inolvidable astro hollywoodense Tyrone Power. Power, nacido en 1914 e hijo de un afamado actor teatral y cinematográfico, tuvo que luchar durante años con el estigma de ser descendiente de alguien ya famoso, y ya de muy niño se interesó en el cine, trabajando en las películas School for Wives (Escuela de casados, 1925) y Red Kimono (El kimono rojo, 1925). Siendo ya adolescente, Tyrone insistió con su elección, y trató de forjarse una carrera en el cine, pero su aspecto más bien tosco, su rostro cejijunto y su escasa estatura conspiraban en su contra. Por ello, se las arregló para trabajar como extra en la citada Tom Brown of Culver (Héroe o cobarde, 1932) como un amistoso cadete, interpretó a otro cadete en un pequeñísimo rol de Flirtation Walk (Paseo de amor, 1934), a un joven apostador en Gambling Lady (La jugadora, 1934) y a un vaquero fuera de la ley en el western Northern Frontier (A caza de estafadores, 1935), que poco hicieron por su ubicación en el exigente medio. Una vez más, un poderoso estudio cinematográfico –en este caso la Fox– medió para transformar al ignoto Tyrone Power Jr. en una de las estrellas más grandes que haya tenido la pantalla.

FABIÁN CEPEDA (1966-2011)
Co-Director y Co-Autor de HollywoodClasico
Extraordinario investigador y autor, gran amigo y maravillosa persona
Nunca será olvidado por quienes nos cruzamos en su vida


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